No llevo tanto tiempo en ello ni soy tan bueno como para ir dando lecciones, pero, si les sirve, tengo una máxima cuando me pongo corregir textos: cambiar lo mínimo necesario.

No es por vagancia, créanme, sino por convicción. Recuerdo que tuve el gusto de corregir el texto de una de las ponencias del tercer congreso internacional de correctores de textos en español, «La ultracorrección entendida como sinónimo de calidad en el trabajo», de Sofía Rodríguez Barrios, cuya lectura me pareció interesantísima. Dicha ponencia abordaba un curioso concepto, el de la ultracorrección.

Pero ¿qué es eso de ultracorregir? Suena muy rimbombante, pero es un concepto sencillo: corregir lo máximo posible un texto. Pasarse de la raya, vamos. Justamente, lo contrario de mi lema cuando acometo la corrección de un texto: corregir lo mínimo necesario.

No siempre tuve ese lema, por cierto. Maduré esa convicción con el tiempo, gracias a la experiencia. Y, reflexionando sobre este asunto, llegué a la sospecha de que el oficio de escribir no es, quizá, el mejor de los puntos de partida para convertirse en un buen corrector de textos.

Sí, un escritor comienza (o debería comenzar) con, al menos, una buena base instintiva, en especial porque ha sido (o debería ser) un lector inveterado, y a fuerza de leer y escribir conoce bien los resortes del lenguaje. Hay, sin embargo, un pero importante: su enfoque de partida es, con frecuencia, erróneo.

Con mucha frecuencia, un escritor acometerá la corrección de un texto ajeno como si fuera propio, tirando de pico y barrena: aquí sobra o falta esto, eso debería estar puntuado así, aquello yo lo escribiría asá. Etcétera.

Pero no se trata de cómo lo escribiría el que corrige, sino de cómo quiso escribirlo el autor de la obra. Y para evitar que el espíritu de esta se diluya, han de hacerse el mínimo necesario de modificaciones al texto. Si una coma está bien, debe dejarse donde está. Si un párrafo expresa de forma adecuada y con claridad una idea, no debe modificarse porque «así queda mejor». El corrector no tiene derecho a hacer esos cambios.

En el fondo, una buena labor de corrección ha de ser invisible. Debe quitar los palos en las ruedas de una obra, los defectos de forma que la lastran, para que el fondo de esta luzca más y mejor.

Pero insisto: no se trata de cómo la escribiría el corrector, porque él no la ha escrito. La ha escrito el autor. Solo él podía hacerlo, con todo lo bueno y malo que esto conlleve.

Así que esa es mi máxima, que recomiendo sin reservas: corregir lo mínimo necesario, nunca lo máximo posible.

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